Pedro Castillo no es ni un ideólogo ni un estratega político.
No es marxista, ni socialista, ni siquiera un populista con un plan claro. Es, en el mejor de los casos, un accidente político y, en el peor, un síntoma de la degradación del sistema democrático peruano. Su autogolpe del 7 de diciembre de 2022 no fue el acto de un líder revolucionario, sino el reflejo de su absoluta incompetencia.
Aquí hay una cuestión clave: ¿Castillo debe ir a la cárcel por su intento de golpe o por la estupidez con la que lo llevó a cabo? Porque si se tratara de castigar la ineptitud, su gobierno entero sería prueba suficiente para condenarlo. Lo que hizo no fue un autogolpe en serio, sino una improvisación grotesca de alguien que ni siquiera entendía lo que estaba haciendo. No tenía apoyo militar, ni respaldo popular, ni una estructura política real. Ni siquiera logró que su propio gabinete lo siguiera.
La pregunta no es por qué falló su golpe, sino por qué lo intentó en primer lugar. ¿Pensó que podía instaurar un gobierno autoritario con un discurso leído a trompicones y sin tropas en la calle? ¿Alguien de su entorno le vendió la idea de que bastaba con anunciarlo en televisión para que todo el país le obedeciera? Su torpeza fue tal que, en cuestión de horas, pasó de presidente a detenido, sin que nadie –ni siquiera la izquierda que lo había defendido– saliera a protegerlo con seriedad.
Pero más allá del patetismo del golpe, hay una verdad innegable: Castillo sí intentó romper el orden constitucional. Y aunque haya fracasado miserablemente, eso no lo exime de responsabilidad. Su ignorancia y falta de preparación no son excusas. Si un presidente decide jugar con fuego, debe asumir las consecuencias cuando se quema.
Castillo no cayó por ser un marxista peligroso ni por representar una amenaza real al sistema. Cayó porque era el eslabón más débil de una política peruana corroída por la mediocridad y la corrupción. Su autogolpe fue la confirmación de lo que muchos sospechaban: que no tenía ni la capacidad ni la astucia para sostener el poder.
Entonces, ¿debe ir a la cárcel? Sí, porque intentó quebrar la democracia. Pero la condena real no es solo para él, sino para un país que permitió que alguien como Castillo llegara al poder en primer lugar.





